El bosque ancestral se extendía como un mar infinito de verdes profundos y sombras danzantes bajo el sol del mediodía. El aire estaba cargado del aroma a tierra húmeda, resina de pinos y el leve rastro de presas lejanas. Era un día perfecto para la cacería, uno de esos que recordaban los viejos tiempos, cuando Sech y Lysander corrían juntos como cachorros salvajes, sin coronas ni traiciones que los separaran.
Sech había logrado lo imposible: convencer al Consejo. No sin esfuerzo. Horas de debates acalorados, promesas de seguridad y, sobre todo, la intervención sutil pero firme de Isis, quien había recordado a los ancianos que la piedad también era fuerza en un rey. Al final, accedieron con condiciones: cuatro miembros del Consejo estarían presentes, junto a una docena de guerreros leales armados hasta los dientes. Nadie correría riesgos innecesarios. La guerra seguía latente en los bordes del reino, y un atentado contra el rey alfa sería catastrófico.
El grupo se reunió en el claro pr