El viento nocturno azotaba sus rostros mientras surcaban el cielo sobre el lomo del grifo. Las plumas doradas del animal brillaban bajo la luna llena, y sus alas poderosas batían con una cadencia serena, como si la respiración de un ser antiguo por fin había encontrado paz. Isis, con la armadura aún manchada de sangre y polvo se aferraba al cuello del animal con una mano y con la otra apretaba la cintura de Sech, que iba delante de ella guiando al grifo con leves presiones de sus rodillas.
El