El viento nocturno azotaba sus rostros mientras surcaban el cielo sobre el lomo del grifo. Las plumas doradas del animal brillaban bajo la luna llena, y sus alas poderosas batían con una cadencia serena, como si la respiración de un ser antiguo por fin había encontrado paz. Isis, con la armadura aún manchada de sangre y polvo se aferraba al cuello del animal con una mano y con la otra apretaba la cintura de Sech, que iba delante de ella guiando al grifo con leves presiones de sus rodillas.
El corazón de Isis aún latía desbocado. No por el miedo (ya no), sino por la revelación que acababa de tener lugar en medio del combate. Su energía sanadora, esa luz que siempre había usado para curar heridas y calmar dolores, había penetrado el alma salvaje del grifo y lo había convertido en… suyo. El animal legendario, que minutos antes había intentado destrozarla, ahora los llevaba por los cielos como si fueran sus crías.
Sech giró ligeramente la cabeza para mirarla. La luz de la luna delineaba