Las doncellas, a mi señal, regresaron con una reverencia, susurrando disculpas y reanudando la tarea de convertir a la Sanadora en la Luna. El espejo ahora reflejaba a una mujer renovada, con el rostro libre de lágrimas, la determinación brillando en mis ojos. El anillo de la realeza en mi dedo ya no se sentía como una cadena, sino como una armadura. Keyra estaba conmigo, y eso lo era todo.
El vestido era de seda blanca, simple en su corte, pero opulento en su tejido, diseñado para una reina en