El ala de sanación del palacio había sido transformada en un calabozo de alta seguridad, silencioso y aséptico. En su interior, el cuerpo de Lysander yacía sobre una cama, custodiado por la presencia imponente de dos guardias reales. Su rostro, aunque pálido, había perdido la tensión del hombre adulto que había sido. Ahora, dormía con la placidez de un niño.
Isis se acercó con cautela. La atmósfera alrededor de Lysander era pesada, una mezcla de dolor físico y una tristeza infantil. Sech se encontraba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando cada movimiento de su Luna. Su rostro era una máscara de preocupación y escepticismo político.
—Aun con tu don, no entiendo cómo puedes sanar algo que no es físico, mi amor —murmuró Sech, su voz era baja para no perturbar el sueño de su hermano, pero cargada de admiración.
Isis se volvió hacia él, sus ojos de zafiro fijos en los dorados del Alfa.
—El trauma y la regresión no son menos reales que una herida de e