Al amanecer, la felicidad de la noche anterior se rompió.
Sech e Isis se despertaron abrazados. La alcoba real, ahora bañada por la luz matutina, olía a pino y a deseo. Sech acariciaba el cabello de Isis, susurrándole promesas de un futuro sin amenazas.
La idílica escena fue interrumpida bruscamente por un golpe furioso en la puerta de la habitación y una voz áspera que gritaba.
—¡Sech! ¡Abre esta puerta ahora mismo! ¡Es urgente!
Sech se levantó de un salto, reconociendo la voz de su abuela. Se puso rápidamente una túnica y abrió la puerta. Altea estaba allí, pálida y con los ojos inyectados en sangre, sosteniendo el diario de cuero oscuro de Tessa como si fuera una serpiente venenosa.
—¡Abuela! ¿Qué sucede? ¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó Sech, confundido por su aspecto.
Altea entró sin permiso, ignorando a Isis, que se cubría con las sábanas. La matriarca no tenía tiempo para sutilezas.
—¡Sucedió una atrocidad! ¡Algo que debí haber sabido hace veinte años! ¡Tu madre! ¡Ell