Al amanecer, la felicidad de la noche anterior se rompió.
Sech e Isis se despertaron abrazados. La alcoba real, ahora bañada por la luz matutina, olía a pino y a deseo. Sech acariciaba el cabello de Isis, susurrándole promesas de un futuro sin amenazas.
La idílica escena fue interrumpida bruscamente por un golpe furioso en la puerta de la habitación y una voz áspera que gritaba.
—¡Sech! ¡Abre esta puerta ahora mismo! ¡Es urgente!
Sech se levantó de un salto, reconociendo la voz de su abuela. S