Habían pasado varias semanas desde la ceremonia de confirmación del vínculo y el devastador descubrimiento de Altea sobre el asesinato del Rey anterior. Las intrigas políticas y los preparativos para la guerra civil continuaban, pero Sech había insistido en dedicar tiempo al entrenamiento de Isis. Él sabía que la amenaza de Tessa no se limitaría a complots.
Sech llevó a Isis a la Cresta del Fuego, un pico aislado en las afueras del territorio Drakon, conocido por sus formaciones rocosas inestables y sus cuevas profundas. El pretexto era simple: la caza y la exploración. La verdad era que Sech buscaba poner a prueba la fuerza física y mental de Isis, no solo como Luna, sino como guerrera.
—Tu don es potente, pequeña, Pero en el campo de batalla, si el enemigo te ataca, el don no te salvará —dijo Sech, mientras trepaban por una pendiente rocosa.
Isis, vestida con ropas de cueros flexibles y con una daga bien ajustada, no protestó. Su cuerpo estaba más fuerte, más ágil, y sus reflej