La primavera había llegado al reino con una explosión de vida: los bosques se llenaban de brotes verdes, los ríos corrían caudalosos con el deshielo, y en el Palacio el aire estaba impregnado de un aroma dulce a flores silvestres y anticipación. Isis estaba en su octava luna de embarazo, el vientre prominente tensando los vestidos de seda blanca que las sanadoras le habían confeccionado. Caminaba con lentitud por los jardines, apoyada en el brazo de Elena, mientras Altea y Lysander las seguían a corta distancia, hablando de estrategias para el parto inminente.
Sech, sin embargo, no podía disfrutar plenamente de la paz. Desde la victoria sobre Draven, una inquietud lo carcomía. Los exploradores habían traído rumores de movimientos extraños en el norte: manadas nómadas desapareciendo, aldeas abandonadas con marcas extrañas en las puertas con el símbolo de una garra partida en tres. El símbolo de una antigua secta que se creía extinguida siglos atrás: los Hijos de la Luna Quebrada, fan