La nieve caía en remolinos furiosos sobre las llanuras del este, cubriendo la tierra como un sudario blanco que no lograba ocultar el hedor a humo y sangre. El ejército de Sech avanzaba implacable, miles de lobos en formación cerrada, sus aullidos cortando el viento helado como cuchillas. Habían cabalgado sin descanso durante días, deteniéndose solo para cazar y descansar lo mínimo. La frontera tomada por Draven ya estaba a la vista: aldeas reducidas a cenizas humeantes, estacas con cabezas de guardianes leales clavadas como advertencia macabra.
Sech cabalgaba al frente, su capa negra ondeando como una bandera de muerte, la armadura reforzada con placas de plata manchada de barro y escarcha. A su derecha iba Elena, erguida y feroz, sus ojos dorados brillando con una determinación que recordaba sus años en las minas olvidadas.
Llegaron al campamento enemigo al atardecer, cuando el sol sangraba rojo sobre el horizonte. Draven había reforzado una antigua fortaleza en ruinas, rodeada de