La nieve caía en remolinos furiosos sobre las llanuras del este, cubriendo la tierra como un sudario blanco que no lograba ocultar el hedor a humo y sangre. El ejército de Sech avanzaba implacable, miles de lobos en formación cerrada, sus aullidos cortando el viento helado como cuchillas. Habían cabalgado sin descanso durante días, deteniéndose solo para cazar y descansar lo mínimo. La frontera tomada por Draven ya estaba a la vista: aldeas reducidas a cenizas humeantes, estacas con cabezas de