Las semanas se habían convertido en un monótono paisaje de dolor. Alexandra funcionaba como un autómata: despertar, evitar a Adriano, pasar cada segundo posible con Aurora, estudiar mecánicamente y retirarse a su suite, donde el silencio era su único compañero. El mundo había perdido su color, su sabor. Solo la risa de Aurora lograba atravesar, brevemente, la niebla gris que la envolvía.
Fue el cuerpo el que dio la primera señal de alarma. Un cansancio profundo que no cedía con el descanso. Lue