La culpa era un ácido que le corroía las entrañas. Cada vez que veía a Alexandra, pálida y distante, una sombra de lo que fue, el recuerdo de su propia brutalidad lo golpeaba con una fuerza renovada. Pero fue la indiferencia absoluta, ese muro de hielo que ella había erigido, lo que finalmente quebró su parálisis. No podía quedarse de brazos cruzados, ahogándose en su propio remordimiento. Tenía que hacer *algo*. Y si no podía reparar el daño, al menos podía intentar entenderlo.
La ira ciega se