El comedor "pequeño" seguía siendo más grande que el salón principal de la casa de sus padres. Una mesa de caoba bruñida para doce comensales reflejaba la luz de una araña de cristal de Murano, creando destellos que parecían danzar sobre las paredes forradas de seda color borgoña. En un extremo de la mesa, tan lejos el uno del otro que habrían necesitado hablar a gritos para oírse, estaban puestos dos servicios de porcelana fina y cristal tallado. Una escena de opulenta soledad.
Alexandra llegó