18. Dos almas rotas
El chofer frenó en seco. Sentí cómo las ruedas se deslizaban sobre el asfalto mojado, y el mundo pareció inclinarse por un segundo.
Y entonces, los disparos.
Uno. Otro. El sonido seco y brutal de las balas rompiendo el aire.
El terror me inundó por completo.
—¡Francotirador! —gritó el guardaespaldas desde el asiento delantero.
No pude moverme. Solo apreté los ojos con fuerza mientras mi corazón latía como un tambor enloquecido. Todo estaba pasando tan rápido, y a la vez, cada segundo se sen