Me desperté con la boca pastosa y un martillo invisible golpeándome las sienes. La luz de la mañana se colaba por las rendijas de la persiana mal bajada, rayas finas que me atravesaban los párpados como cuchillas. Eran las 07:12. Había olvidado poner alarma.
Me incorporé despacio. El estómago se me revolvió un segundo, pero logré contenerlo. Olía a alcohol rancio, y a arrepentimiento que aún no había decidido si era por la resaca o por haber salido con ellos. Me levanté, fui al baño de invitado