Se quedó congelado. La boca entreabierta, como si le hubiera quitado el aire.
—No es… no era eso —balbuceó—. Yo solo… te deseaba. Te necesito. Pensé que tú también…
—Te deseé —admití, y dolió decirlo en voz alta—. Mi cuerpo te deseó. Pero mi cabeza no. Mi cabeza sigue viendo esa mancha de labial. Sigue oyendo tu voz diciendo “solo fue un segundo”. Y eso no se arregla con polvos en la cocina, Sebastián.
Di un paso atrás, crucé el umbral.
—Buenas noches.
Cerré la puerta. Eché el pestillo.
Me apoy