Sebastián se quedó apoyado contra la puerta cerrada un momento más, con la frente pegada a la madera como si necesitara que el frío la calmara. Luego soltó otro suspiro largo, casi un gemido, y se apartó despacio.
Yo me quedé mirándolo, todavía recostada contra las almohadas, con el collarín recordándome cada respiración profunda. El silencio en la habitación era espeso, pero no el mismo de antes. Este era más liviano, como si el aire hubiera entrado por una ventana que alguien abrió sin darnos