Esa misma noche, el apartamento se sentía más pequeño que nunca.
Me quedé largo rato sentada en el sofá con las fotos de la ecografía todavía en la mano. Las había mirado tantas veces que ya casi podía dibujar de memoria la curva de esa pequeña nariz y la forma en que el bebé se chupaba el pulgar. Cada vez que las observaba, sentía una mezcla extraña de amor abrumador y tristeza profunda.
Porque ese bebé era nuestro. Aunque “nuestro” ya no significara lo mismo que antes.
El móvil vibró sobre la