Sebastián dejó el vaso vacío en la mesita y se enderezó un poco, todavía inclinado hacia mí, con una mano apoyada en el colchón cerca de mi cadera para mantener el equilibrio. Me miró fijamente, buscando en mi cara alguna señal de que el dolor seguía fuerte.
—¿Mejor? —preguntó en voz baja, la ronquera del sueño todavía pegada a su garganta—. Dime si necesitas más agua o si quieres que te traiga algo frío para la frente.
Yo abrí la boca para responder, pero las palabras se me quedaron atascadas.