—No puedes hacerme esto, Gabriel… yo te amo.
La voz de Miranda temblaba, cargada de una mezcla de dolor y desesperación que ya no podía ocultar. Sus ojos estaban enrojecidos, brillantes por las lágrimas contenidas, y sus manos se aferraban al borde de la mesa como si eso fuera lo único que la mantenía en pie.
Gabriel no respondió de inmediato.
Se levantó lentamente, evitando su mirada por un instante, como si reunir el valor para enfrentarla le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
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