Salma llevó ambas manos a su rostro, y de pronto sus ojos se llenaron de lágrimas. Sin embargo, no eran lágrimas desbordadas ni caóticas, sino contenidas, casi perfectas, acompañadas de una sonrisa que parecía calculada en el momento exacto.
—¡Claro que sí! —exclamó con emoción—. ¡Claro que acepto!
El jardín estalló en aplausos.
La sorpresa era evidente en todos los presentes. Juliano, el más joven de los Altamirano, acababa de comprometerse de forma inesperada, en medio de una celebración famil