—¿Qué pruebas tienes de que soy una traidora? —la voz de Elyna fue firme, cortante, cargada de una indignación que no intentaba disimular—. Dame una sola prueba de que hice lo que dices… hombre.
El silencio que siguió fue incómodo.
El sujeto, aún agitado por los golpes de Juliano, miró primero a Elyna, luego a Salma. Sus ojos se movían de uno a otro como si buscara una salida, como si algo dentro de él hubiera empezado a quebrarse.
Pero no respondió.
No pudo.
De pronto, reaccionó de forma impuls