Lucero intentaba dormir, pero no pudo se levantó.
Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre la alfombra mientras se dirigía a la habitación de Diego.
Al abrir la puerta. Se acercó a la cama y observó al pequeño dormir; Diego tenía el rostro sereno, ajeno a las tormentas que sacudían los cimientos de su hogar.
Lucero se derrumbó a los pies de la cama y lloró en silencio, con los hombros sacudidos por un hipo desgarrador.
Las lágrimas mojaban las sábanas mientras los recuerdos la asaltaban.
—N