El silencio en el salón era tan denso que se podía cortar con el filo de la traición.
Julián permanecía de pie, con la mandíbula apretada y la mirada fija en la mujer que había intentado infiltrarse en su familia como un virus silencioso.
—Mi hijo no va a morir por ti, Ela —sentenció Julián, y sus palabras cayeron como piedras pesadas sobre el suelo de mármol—. No voy a permitir que destruyas la vida de Elías con tus mentiras y tus juegos de seducción baratos.
—¿Qué es lo que pasa? ¡Díganme qué