—Nunca, ¿Todavía no lo has entendido, Gabriel? —preguntó ella con un tono cargado de desprecio—. Después de todo este tiempo, de cada desplante y de cada silencio, ¿aún conservas la esperanza de que algún día llegue a amarte?
Hizo una pausa, observando la mandíbula apretada de su esposo.
—¡Qué tierno! —exclamó con sarcasmo—. Realmente me das lástima. Pero la lástima no es amor. Eres un mentiroso, Gabriel. Jamás perdonaré tus sucias mentiras, ni la forma en que manipulaste mi vida. Quiero el divo