Julián, con un movimiento brusco y el rostro endurecido, sujetó las muñecas de Salma y la apartó de él.
El contacto para él era una invasión.
—Salma, basta —sentenció él, su voz era un látigo de frialdad que cortó el silencio—. No vuelvas a hacer eso. No vuelvas a abrazarme con esa familiaridad... con esa intimidad que no te pertenece.
Salma retrocedió, sintiendo como si le hubieran dado una bofetada.
Sus ojos, antes brillantes, se empañaron de inmediato. Sus labios temblaron, buscando palabras