Lucero cerró los ojos, sintiendo una punzada de culpa que le atravesaba el alma. Lo arrulló con suavidad, balanceándolo de un lado a otro mientras le acariciaba el cabello rubio.
—¡Perdóname, mi amor, perdóname! —le susurró con la voz quebrada—. Todo está bien, mamá está aquí. No llores más, pequeño.
Con una fuerza lo llevó en brazos hasta su habitación.
Lo recostó en su cama, rodeándolo de sus peluches favoritos, pero el niño no soltaba su mano.
El pequeño Diego no dejó de llorar durante casi u