Julián corría como un hombre fuera de sí, como si la razón se hubiera quedado atrás en el instante en que escuchó la palabra pumas. No oía nada más. Ni los gritos de los adultos, ni el alboroto del campamento, ni siquiera la voz desesperada de Elyna llamándolo por su nombre.
Su corazón latía con una fuerza salvaje, casi dolorosa, como si fuera a reventarle el pecho.
Cada paso que daba era impulsado por un único pensamiento, una verdad absoluta que lo dominaba por completo: si algo le pasaba a su