El aire en la habitación se sentía pesado, cargado de una electricidad estática que amenazaba con incinerarlos a ambos.
Ese beso no era un simple contacto; era un incendio forestal
Gerardo sintió el calor de los labios de Vera y, por un segundo, el pánico lo golpeó. Sabía quién era ella.
Él intentó alejarse, empujándola suavemente por los hombros, con la respiración entrecortada y los ojos nublados por una lucha interna.
Pero Vera ya no estaba bajo el control de la razón. Fuera de sí, impulsada