Elyna la miró con una mezcla de sorpresa y espanto, sintiendo que el aire se volvía denso.
—¿Tú? —exclamó ella, con la voz apenas en un susurro—. ¿Qué estás diciendo? Salma, yo... te agradezco la intención, pero no puedo aceptar algo así. Es una locura.
Salma, la niñera que siempre había sido silenciosa y eficiente, titubeó. Bajó la mirada, jugueteando nerviosa con el dobladillo de su vestido, pero sus ojos brillaban con una determinación extraña, casi desesperada.
—Lo siento, señora... me he so