Esteban estaba completamente fuera de sí. El cristal del vaso temblaba entre sus dedos, no por el alcohol —había bebido demasiado como para sentir ya el efecto—, sino por la rabia que lo consumía desde adentro.
Cada sorbo descendía por su garganta como fuego líquido, quemándolo sin lograr apagar el odio que le latía en el pecho.
La habitación, amplia y lujosa, olía a licor caro, a soledad y a resentimiento acumulado. Varias botellas descansaban sobre la mesa de madera oscura: algunas vacías, otr