—¿Por qué me ayudaría? —preguntó Esteban, con el ceño fruncido y la voz cargada de desconfianza.
El hombre frente a él no respondió de inmediato.
Lo observó con una calma inquietante, como si evaluara algo más profundo que sus palabras.
Luego, una sonrisa ambigua, casi burlona, se dibujó en sus labios. Se inclinó apenas hacia adelante y le guiñó un ojo, como si compartieran un secreto que Esteban todavía no alcanzaba a comprender.
Sin decir una sola palabra más, se dio la vuelta y se perdió entr