Gabriel conducía a toda velocidad, con las manos firmes sobre el volante y la mirada fija en el camino.
El rugido del motor rompía el silencio de la noche mientras el paisaje pasaba como una mancha borrosa frente a sus ojos.
No había espacio para el miedo, ni para la duda. Solo existía un pensamiento: llegar a tiempo.
Detrás de su auto, una caravana lo seguía.
Los guardias, su padre y Julián avanzaban con la misma urgencia, conscientes de que cada segundo podía marcar la diferencia entre la vida