—¡Elyna, no debes estar aquí! —la voz de Julián sonó áspera, rota por una furia que todavía no encontraba dónde caer.
Ella avanzó un paso sin vacilar. La pistola aún humeaba en su mano, pero Elyna no miró el arma; lo miró a él. Directo a los ojos. Como si nada más existiera.
—Julián… mi esposo no es un asesino.
La frase, firme y sin temblor, lo atravesó. No fue un reproche ni una súplica. Fue una certeza. Sus dedos se aflojaron casi contra su voluntad y el arma descendió lentamente, hasta quedar