—¡Tú me robaste a mi esposa! —rugió Esteban, fuera de sí—. ¡Ella es mía!
La frase salió de su garganta como un alarido animal, cargado de posesión, de rabia y de una desesperación malsana.
El eco de sus palabras todavía flotaba en el aire cuando el sonido de la bofetada estalló con una violencia seca, brutal, imposible de ignorar.
No fue solo un golpe físico: fue el quiebre definitivo de todo lo que alguna vez los había unido.
Elyna lo había abofeteado sin pensarlo. Sin vacilar.
Como si su cuerp