Lucero alzó la barbilla con un orgullo que no cabía en su pequeño cuerpo. Sus dedos se aferraron con fuerza a la mano de la mujer que estaba a su lado, como si al tocarla confirmara una verdad que llevaba tiempo esperando poder decir en voz alta.
Entonces, sin titubeos, con la claridad de quien no duda de lo que ama, exclamó:
—¡Ella es mi mamá!
El murmullo que llenaba el patio del colegio se apagó de golpe.
Las niñas que rodeaban a Lucero dejaron de hablar entre ellas y fijaron la vista en Elyna