—¡Ahora no, Gabriel! —exclamó Lucero con la voz quebrada, los ojos llenos de desesperación—. Si quieres matarme, hazlo cuando nuestra hija esté sana y salva… pero ahora no.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de dolor, miedo y una verdad que ninguno de los dos se atrevía a enfrentar completamente. Gabriel la miró con el ceño fruncido, el pecho subiendo y bajando con fuerza, atrapado entre la ira y algo mucho más profundo que no lograba nombrar.
En ese momento, la puerta se abr