—¿Es que no lo entiendes? —la voz de Gabriel era fría, cortante, cargada de una rabia que parecía no tener fondo—. Es tu hija con otro hombre… no me pidas que la quiera ni un poco.
Las palabras fueron como un golpe directo al pecho.
Lucero sintió que algo dentro de ella se rompía. No respondió. No pudo.
El llanto la invadió sin control, y antes de que él pudiera decir algo más, salió corriendo de la habitación.
—¡Elenita…!
El nombre salió de sus labios con desesperación.
Llegó hasta la cuna y la