Él se levantó con calma, pero en ese gesto había algo inquietante, una quietud cargada de amenaza que volvió el aire de la habitación más espeso, casi irrespirable. No dijo nada de inmediato.
Se limitó a mirarla, a sostenerle la mirada con unos ojos oscuros y profundos que parecían esconder una tormenta contenida.
En ellos se mezclaban el deseo, el control y una necesidad tan intensa que rozaba la desesperación.
—Entonces… ¿Lo harás? —preguntó al fin, con voz grave—. ¿Me pagarás o no?
Elyna sint