—¿Papito…? —repitió Vera, con la voz quebrada—. ¿Qué estás diciendo, Gabrielito?
El niño la miró con absoluta naturalidad, como si no hubiera dicho nada extraño. Gerardo se incorporó de inmediato, sorprendido, con el gesto endurecido.
Abrió la boca para hablar, pero no tuvo tiempo.
La puerta se abrió bruscamente.
—¡Amor! —exclamó Greco al entrar con rapidez—. ¿Qué haces aquí?
Vera se giró hacia él, confundida. Aún sostenía la pequeña caja de regalo entre las manos.
—Yo… traía una sorpresa para G