Julián comenzó a reír.
No fue una risa abierta ni espontánea, sino un sonido breve, seco, medido. Una risa que no buscaba contagiar alegría, sino imponer presencia.
En cuanto resonó en el aire, el ambiente cambió. La tensión, que ya era espesa, se volvió casi irrespirable, como si todos comprendieran de pronto que aquel hombre no estaba improvisando nada.
—Soy Julián Altamirano —dijo con voz firme, sin elevar el tono—. Y nadie secuestró al niño.
No hubo necesidad de alzar la voz.
Su seguridad ha