Gabriel llamó a su padre apenas colgó la última llamada. No perdió tiempo en rodeos. Sabía que cada minuto contaba y que debía actuar con rapidez, pero sin perder la cabeza.
—Necesito a varios guardias de confianza —dijo con voz firme, aunque por dentro la angustia lo apretaba.
Del otro lado de la línea, la voz de Gerardo sonó preocupada.
—Gabriel, ¿qué está pasando?
—Te lo explicaré luego, papá. Solo ayúdame.
No quería dar detalles por teléfono. No quería que la noticia se extendiera ni que la