Lucero conducía con las manos firmes sobre el volante, aunque por dentro estaba agitada.
Habían quedado en verse en la estación de tren, pero Davos le pidió que siguiera la ubicación que le enviaría en tiempo real.
Él decía que era más seguro, que no quería que Gabriel le hiciera daño o su familia.
Lucero aceptó sin cuestionar demasiado. Confiaba en él.
Miró la pantalla del teléfono fijada en el tablero.
El punto azul avanzaba por la carretera mientras el de Davos permanecía estático, esperándo