La penumbra de la habitación del hospital parecía cerrarse sobre Esteban Sengal como una mortaja. El hombre que una vez gobernó su empresa y tenía una arrogancia inquebrantable, ahora no era más que una sombra encogida entre las sábanas blancas.
El silencio que siguió a la súplica de Elyna fue denso, roto solo por el pitido rítmico de los monitores que contaban los latidos de un corazón cansado de odiar.
De pronto, los hombros de Esteban colapsaron.
Un sollozo ronco, nacido desde lo más profund