—No puedo ser tu amigo, Lucero… pero puedo ser cordial.
Las palabras de Gabriel cayeron como una sentencia. Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio que parecía más pesado que cualquier discusión.
Lucero permaneció inmóvil, sintiendo cómo algo dentro de su pecho se quebraba lentamente. No sabía qué dolía más: su rechazo… o la forma en que él había evitado mirarla al decirlo.
Un trueno sacudió el cielo, seguido por el rugido de una lluvia to