Mundo ficciónIniciar sesiónLa tarde comenzaba a desaparecer lentamente detrás de las colinas que rodeaban la residencia Alarcón. El cielo se había teñido de tonos anaranjados, dorados y violetas, creando un paisaje tan hermoso que parecía irreal. El viento movía suavemente las copas de los árboles mientras las sombras se alargaban sobre los extensos terrenos de la propiedad.
Aurora continuaba montando. Necesitaba tiempo. Necesitaba distancia. Sobre todo, necesitaba mantenerse lejos de aquella casa donde cada sonrisa escondía una mentira y cada palabra parecía ocultar una intención diferente. Cuando finalmente decidió desmontar, condujo a la yegua hasta una pequeña elevación desde donde podía contemplarse gran parte del horizonte. El aire era fresco y agradable. Durante unos instantes permaneció observando el paisaje en silencio. Aquella tranquilidad duró poco, un ruido detrás de ella llamó su atención. Aurora giró la cabeza y el corazón casi se le detuvo. Jacob. El sobresalto fue tan repentino que perdió el equilibrio. Su pie resbaló ligeramente sobre el terreno irregular y estuvo a punto de caer, pero no llegó al suelo. Una mano firme sujetó su brazo. La atrajo hacia atrás antes de que pudiera desplomarse, todo ocurrió en cuestión de segundos, cuando Aurora recuperó el equilibrio descubrió que Jacob continuaba sosteniéndola, demasiado cerca. Mucho más cerca de lo que le gustaba admitir. —¿Siempre eres tan distraída? La voz profunda del hombre rompió el silencio. Aurora se apartó inmediatamente. —Me asustaste. Jacob arqueó una ceja. —Entonces deja de ser tan inútil y asustadiza. La indignación apareció de inmediato en el rostro de Aurora. —Qué amable. —Solo digo la verdad — Aquello la hizo fruncir el ceño, intentó alejarse. Pero Jacob dio un paso en la misma dirección, como si no estuviera dispuesto a terminar la conversación. —¿Qué haces aquí? — preguntó Aurora. —Podría preguntarte lo mismo. —Yo vine a montar. —Claro. El tono escéptico del hombre la irritó inmediatamente. Jacob observó el caballo detrás de ella y luego volvió a mirarla. —Empiezo a creer que me estás siguiendo. Aurora lo miró incrédula. Por un segundo pensó que había escuchado mal. —¿Perdón? —Me encuentras con demasiada frecuencia. Eso fue suficiente, sin previo aviso, Aurora le dio un fuerte pisotón. Jacob soltó una expresión de sorpresa, no de dolor. Simplemente sorpresa, probablemente porque nadie se atrevía a reaccionar de aquella manera con él. Aurora aprovechó el momento para alejarse varios pasos. —Lo que menos quiero en esta vida es saber dónde estás. Jacob la observó y para sorpresa de Aurora, una sombra parecida al entretenimiento cruzó brevemente sus ojos. —¿Ah, no? —No. —Mentira. —¿Por qué tendría que perseguirte? —Buena pregunta. Aquella arrogancia resultaba insoportable. Aurora cruzó los brazos. —Porque el universo disfruta castigándome, supongo. Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en los labios de Jacob. Fue tan breve que desapareció casi de inmediato, pero Aurora la vio y aquello la desconcertó, porque Jacob rara vez sonreía y cuando lo hacía, generalmente era por algo relacionado con los negocios. No por conversaciones absurdas en medio del campo. El viento volvió a soplar entre ellos, durante algunos segundos ninguno habló. La distancia que los separaba parecía suficiente y sin embargo, la tensión permanecía allí. Invisible. Constante. Difícil de ignorar. Aurora observó el horizonte. Después respiró profundamente. Aquella era probablemente la única oportunidad que tendría, lejos de la residencia, lejos de Jessica. Lejos de las personas que siempre estaban escuchando. Reunió valor y habló. —Quiero pedirte algo. Jacob la observó con atención. —Habla. Aurora bajó la mirada unos segundos. —Te daré un hijo — El silencio se instaló inmediatamente. —Pero quiero que cumplas tu parte del trato. Los ojos oscuros de Jacob se endurecieron. —¿Mi parte? —Mi amiga — La expresión del hombre no cambió. —No veo mejorías — Aurora apretó las manos. —Mi madre dice que todo está bien. Hizo una pausa. —Pero no confío en ella. — Ella fue sincera. Jacob permaneció inmóvil, observándola, analizándola. —Los tratamientos eran parte del acuerdo, enntonces quiero pruebas. Por primera vez desde que comenzó la conversación, Aurora sostuvo su mirada sin apartarse. —Quiero saber que realmente está recibiendo ayuda como corresponde. El viento agitó algunos mechones de su cabello, durante unos segundos el silencio volvió a instalarse entre ambos, hasta que Jacob habló. —¿Eres la buena samaritana? La pregunta la tomó desprevenida. Había burla. Había ironía. Pero también algo más difícil de identificar. Aurora sintió una punzada de inseguridad. —Solo intento ayudarla. —Siempre ayudando a otros. —Porque alguien tiene que hacerlo. Jacob soltó una risa breve. Sin humor. —Interesante. La mirada oscura del hombre se volvió más intensa. Más penetrante. Más difícil de sostener. Aurora sintió un pequeño escalofrío. No porque él hubiera levantado la voz. Sino porque jamás lograba adivinar qué estaba pensando. Y eso la inquietaba. Mucho. —Seré generoso contigo. La frase hizo que Aurora levantara la vista. —¿Qué significa eso? —Significa que revisaré personalmente la situación. Aurora parpadeó. Aquella respuesta era mucho más de lo que esperaba. —¿Lo harás? —Sí. Por primera vez en toda la conversación, una pequeña esperanza apareció en su interior. Pero duró poco. Porque Jacob continuó hablando. —A cambio. Aurora debió haberlo imaginado. Siempre había una condición. Siempre. —¿Qué quieres? —Obediencia. La palabra cayó entre ambos con una contundencia absoluta. La esperanza desapareció. —Jacob... —Escúchame. El hombre avanzó un paso. Aurora retrocedió automáticamente. Aquello no pasó desapercibido para ninguno de los dos. —No es necesario que te acerques. La tensión aumentó. —¿Por qué? —Porque sí. —Respuesta insuficiente. Aurora respiró profundamente. —Porque eres el novio de mi hermana. Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Por primera vez algo parecido a una tormenta cruzó el rostro de Jacob. Una reacción rápida. Breve. Pero visible. —Recuerda algo. Su voz sonó más baja. Más grave. Más peligrosa. —No olvides que eres mi esposa. Aurora sintió que el corazón daba un salto incómodo. —Eso solo existe en el papel. Jacob sostuvo su mirada. Sin pestañear. Sin retroceder. Sin mostrar la menor duda. —En los negocios... Su voz se volvió firme. Autoritaria. Inapelable. —Un papel vale más que las palabras, esposa. Aurora se quedó inmóvil. Porque odiaba admitirlo. Pero en el mundo de Jacob aquello era absolutamente cierto. Los contratos. Las firmas. Las cláusulas. Las obligaciones. Todo valía más que los sentimientos. Más que las promesas. Más que el amor. Durante varios segundos permanecieron observándose bajo la luz dorada del atardecer. Ninguno dispuesto a ceder. Ninguno dispuesto a apartar la mirada.






