Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que se instaló dentro del consultorio después de las palabras de Jacob fue tan denso que incluso el doctor Herrera pareció medir cuidadosamente cada uno de sus movimientos. Durante varios segundos revisó nuevamente los estudios preliminares, abrió nuevos archivos en la pantalla de su ordenador y verificó algunos datos que ya había observado momentos antes. Mientras tanto, Aurora permanecía sentada con las manos entrelazadas sobre su regazo, sintiendo una creciente incomodidad que no lograba explicar del todo.
Aquella situación comenzaba a resultarle extraña. Desde el inicio del acuerdo, Jacob había sido quien más insistió en mantener una distancia emocional y física entre ellos. Había sido él quien dejó claro que aquel matrimonio existía únicamente para cumplir con las exigencias familiares. Sin embargo, ahora parecía empeñado en modificar condiciones que anteriormente habían sido consideradas inamovibles. Cuanto más lo pensaba, menos sentido encontraba en aquel cambio. Finalmente, el doctor apartó la vista de la pantalla y se acomodó en su asiento. Su expresión profesional regresó de inmediato mientras cerraba la carpeta electrónica que contenía toda la información médica de Aurora. —Pueden estar tranquilos —anunció con una sonrisa cordial—. No existe ningún inconveniente que pueda representar un riesgo para un embarazo. Aurora levantó la mirada. —¿Está seguro? —Completamente. Los análisis muestran que su estado de salud es excelente. No hay alteraciones hormonales importantes, tampoco problemas reproductivos detectables. Desde un punto de vista médico, usted puede concebir sin dificultades. El corazón de Aurora dio un pequeño vuelco. Aquellas palabras deberían haberla hecho sentir aliviada y quizá una parte de ella realmente lo estaba. Sin embargo, otra parte comenzó a inquietarse. Porque ahora desaparecía el único obstáculo que podía retrasar los planes de ambas familias. El doctor continuó explicando algunos aspectos técnicos, pero Aurora apenas escuchaba. Su mente estaba demasiado ocupada intentando comprender las verdaderas intenciones de Jacob. Cuando reunió valor para mirarlo, descubrió que el hombre permanecía completamente serio, observando cada documento como si estuviera revisando un importante contrato empresarial. No parecía sorprendido, tampoco preocupado, por el contrario, una extraña satisfacción cruzó brevemente sus ojos oscuros, entonces Jacob se puso de pie. El movimiento fue tan repentino que Aurora reaccionó por instinto, levantándose también de la silla. El doctor imprimió algunos documentos adicionales antes de entregárselos directamente al empresario. —Aquí tiene los resultados completos. Jacob tomó la carpeta. —Gracias. —Si desean iniciar cualquier procedimiento, la clínica puede ayudarlos. Aurora observó cómo la mirada del médico iba de ella hacia Jacob una última vez. Algo en aquella expresión le resultó curioso. Como si el doctor percibiera una tensión invisible que nadie estaba mencionando. Sin añadir nada más, ambos abandonaron el consultorio. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso principal, Jessica prácticamente se levantó de un salto desde la sala de espera. La emoción iluminó inmediatamente su rostro al verlos aparecer. —¿Y bien? Aurora apenas tuvo tiempo de reaccionar. Jessica ya estaba frente a ellos. —¿Qué dijo el médico?.— Sus ojos brillaban, ansiosos, esperanzados. Aurora sintió un extraño peso en el pecho al observar aquella reacción. Porque Jessica no estaba feliz por ella no estaba feliz porque su hermana gozara de buena salud. Estaba feliz porque aquel embarazo la acercaba a todo lo que siempre había deseado. La posición perfecta, la vida perfecta, el heredero perfecto. Jessica dirigió toda su atención hacia Jacob. —Amor... ¿está todo bien? La palabra golpeó a Aurora de manera inesperada. Amor. Aquella simple palabra fue suficiente para recordarle exactamente cuál era su lugar en aquella historia. No importaba que fuera la esposa legal. No importaba que llevara el apellido Alarcón. No importaba que fuera ella quien arriesgara su cuerpo. El corazón de Jacob pertenecía a Jessica. Siempre había pertenecido a Jessica. Aurora realizó una pequeña mueca antes de apartar la mirada. No quería seguir escuchando aquella conversación. No quería permanecer allí. Con pasos silenciosos comenzó a caminar hacia la salida principal de la clínica. Detrás de ella, las voces continuaron resonando. Jessica seguía formulando preguntas. Jacob respondía con frases cortas. Y Aurora descubrió que prefería no saber más. Mientras avanzaba hacia el estacionamiento, una pregunta comenzó a repetirse una y otra vez dentro de su cabeza. ¿Por qué? ¿Por qué Jacob había cambiado de opinión? ¿Por qué ahora rechazaba la fertilización in vitro? ¿Por qué parecía tan interesado en algo que originalmente había sido descartado? No encontraba respuestas. Y aquello la inquietaba profundamente. El trayecto de regreso transcurrió bajo un ambiente extraño. Jessica parecía incapaz de ocultar su entusiasmo. Durante varios minutos habló sobre futuros proyectos, reuniones familiares y celebraciones que todavía ni siquiera tenían razón de existir. Aurora permaneció junto a la ventanilla observando el movimiento de la ciudad. Por su parte, Jacob permanecía concentrado en la conducción. Aunque en más de una ocasión sus ojos se desviaron hacia el espejo retrovisor. Y cada vez que aquello ocurría, Aurora tenía la sensación de que el hombre estaba observándola. No podía demostrarlo. Tampoco estaba completamente segura. Pero la sensación persistía. Cuando el vehículo se detuvo frente a uno de los centros comerciales más exclusivos de la ciudad, Jessica sonrió inmediatamente. —Jacob, ¿podemos entrar un momento? El empresario desvió la vista hacia ella. —¿Para qué? —Solo algunas compras. Para sorpresa de ambas mujeres, Jacob pareció encontrarse de mejor humor. —Está bien. Jessica sonrió satisfecha. —Sabía que dirías que sí. El hombre estacionó cerca de una de las entradas principal. Las puertas automáticas del centro comercial brillaban bajo el sol del mediodía mientras decenas de personas entraban y salían cargando bolsas de distintas marcas. Jessica tomó su bolso. —Perfecto. Luego dirigió una mirada rápida hacia Aurora. —Volvemos en un rato. Aquellas palabras tenían un significado implícito. Uno que ambas hermanas entendían perfectamente. Quédate aquí. No estorbes. No interfieras. No olvides tu lugar. Aurora estaba acostumbrada. Llevaba años acostumbrándose. Sin embargo, antes de que pudiera responder, la voz profunda de Jacob interrumpió el momento. —Aurora. Ella levantó la cabeza. —Baja también. Jessica se quedó inmóvil. La sonrisa de su rostro se tensó apenas un instante. Fue un cambio mínimo, casi imperceptible. Pero Aurora lo vio. Porque conocía demasiado bien a su hermana. Jessica no había esperado aquella invitación. Y claramente no le gustaba. Aun así, no protestó. No podía hacerlo. No frente a Jacob. Durante años había construido cuidadosamente una imagen de mujer dulce, comprensiva y generosa. Una imagen que no podía permitirse destruir. Aurora bajó la mirada. —No es necesario. Jacob la observó durante varios segundos. —¿Estás segura? —Sí. Aurora forzó una pequeña sonrisa. —Prefiero quedarme aquí. El silencio duró un momento. Finalmente, Jacob asintió. —Como quieras. Jessica recuperó parte de su entusiasmo. —Entonces vamos. Ambos descendieron del vehículo. Aurora los observó alejarse lentamente entre la multitud. La elegante figura de Jessica avanzaba junto a la imponente presencia de Jacob. Desde lejos parecían exactamente la pareja perfecta que todos imaginaban. Y tal vez lo eran. Cuando desaparecieron dentro del edificio, Aurora soltó lentamente el aire que había estado reteniendo. Por primera vez en toda la mañana se encontró completamente sola. El silencio del automóvil resultó extrañamente reconfortante. Apoyó la cabeza contra el asiento. Intentó ordenar sus pensamientos. Intentó comprender todo lo que estaba ocurriendo. Intentó convencerse de que nada estaba cambiando. Que todo seguía igual. Que seguía siendo únicamente una pieza dentro de un acuerdo. Sin embargo, una inquietud persistente continuaba creciendo dentro de ella. Algo estaba ocurriendo. No sabía qué. No sabía por qué. Pero podía sentirlo. Poco a poco cerró los ojos. El cansancio de la noche anterior comenzó a pasarle factura. Las voces lejanas del estacionamiento se mezclaron con el murmullo del aire acondicionado. Los minutos transcurrieron lentamente. Entonces ocurrió. Un sonido metálico rompió el silencio. El clic de una manija. Aurora abrió ligeramente los ojos. Y antes de que pudiera reaccionar, la puerta del vehículo comenzó a abrirse desde el exterior. Alguien acababa de entrar.






