GOLPES.

La noche había caído por completo sobre la residencia Alarcón.

Las luces del inmenso jardín iluminaban los senderos de piedra con un resplandor cálido que contrastaba con el frío del viento. Las fuentes continuaban murmurando con su incesante caer del agua y el perfume de las rosas impregnaba el ambiente, creando una paz engañosa. Desde la distancia, cualquiera habría pensado que aquella mansión era un refugio perfecto. Nadie habría imaginado que detrás de aquellas paredes convivían el interés, las mentiras y una guerra silenciosa donde cada palabra podía convertirse en un arma.

Aurora caminaba despacio entre los rosales.

Después de montar durante la tarde, había regresado a la residencia con la mente aún revuelta. Las palabras de Jacob seguían dando vueltas en su cabeza. Su promesa de revisar personalmente el tratamiento de su amiga había despertado una pequeña esperanza, pero esa esperanza venía acompañada de una condición que no dejaba de inquietarla: obedecerlo. Todo parecía tener un precio en la vida de los Alarcón. Incluso un acto de compasión.

Se detuvo frente a una pequeña glorieta de mármol y respiró profundamente.

Necesitaba unos minutos de tranquilidad.

Solo unos minutos.

Cerró los ojos.

Pero el sonido acelerado de unos tacones rompiendo el silencio del jardín hizo que volviera a abrirlos.

Jessica.

Aurora apenas tuvo tiempo de girarse.

Su hermana avanzaba hacia ella con el rostro endurecido por la ira. Ya no quedaba rastro de aquella mujer elegante y amable que mostraba delante de Jacob. Sus ojos despedían un brillo peligroso, uno que Aurora conocía demasiado bien desde que eran niñas.

—Así que aquí estabas.

Aurora sintió un mal presentimiento.

—Jessica...

—¡No pronuncies mi nombre!

La distancia entre ambas desapareció en cuestión de segundos.

Jessica la sujetó con fuerza por un brazo.

Sus dedos se clavaron sobre la piel con una intensidad que hizo que Aurora contuviera un gesto de dolor.

—¿Qué estás haciendo?

—Eso debería preguntártelo yo.

Aurora intentó soltarse.

—Me estás lastimando.

Jessica ignoró completamente aquellas palabras.

La furia había reemplazado cualquier intento de aparentar serenidad.

—¿Creíste que nadie me contaría lo que hiciste esta tarde?

Aurora frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—¡No me mientas!

Con un movimiento brusco, Jessica la empujó.

Aurora perdió el equilibrio sobre la grava húmeda y cayó al suelo, apoyando las manos para amortiguar el golpe. Una punzada le recorrió la muñeca, pero apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Jessica ya estaba frente a ella.

—Me dijeron que estabas con Jacob.

Aurora levantó la vista.

—Fue una casualidad...

—¡Cállate!

La respuesta llegó antes de que pudiera terminar la frase.

Jessica no quería escuchar explicaciones.

Solo quería descargar la rabia que llevaba acumulando desde la tarde.

—Nunca vuelvas a estar a solas con él.

Aurora respiró hondo, intentando conservar la calma.

—No fue algo planeado.

—No me importa.

Jessica dio otro paso.

Su voz descendió hasta convertirse en un susurro helado.

—No juegues conmigo, Aurora.

El corazón de la joven comenzó a latir con fuerza.

Conocía ese tono.

Era el mismo que utilizaba su hermana cuando estaba dispuesta a hacer daño.

—Sabes perfectamente cuál es tu lugar.

Aurora intentó incorporarse lentamente.

—Mi lugar nunca ha sido quitarte nada.

Jessica soltó una risa breve, desprovista de alegría.

—Entonces compórtate como si lo recordaras siempre.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.

Solo se escuchaba el viento moviendo las ramas de los árboles.

Aurora permanecía de pie, respirando con dificultad, mientras Jessica continuaba observándola con una mezcla de desconfianza y resentimiento.

—Todo este matrimonio existe por mí.

La voz de Jessica volvió a romper el silencio.

—Todo esto ocurre porque yo no puedo darle un hijo a Jacob.

Se llevó una mano al pecho.

—Tú solo eres un medio.

Nada más.

Las palabras golpearon a Aurora con más fuerza que cualquier otra cosa.

Porque, en el fondo, sabía que eso era exactamente lo que todos pensaban.

Su familia.

Los Alarcón.

Incluso Jacob.

Todos la veían como un instrumento.

Como una solución temporal.

Nunca como una persona.

Aurora cerró lentamente los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el brillo de sus iris azules permanecía intacto.

Había dolor.

Sí.

Pero también había una serenidad nueva.

La misma que había nacido aquella tarde mientras contemplaba la mariposa.

—No pienso quitarte lo que crees que te pertenece.

Jessica la observó con incredulidad.

—Más te vale. Conoce tu lugar, o yo te obligó a cumplir a ti, pero no valdrá la pena para ti, porque puedo ordenar que tu miserable amiga ya no reciba ningún tratamiento.

Sin añadir una palabra más, dio media vuelta y comenzó a alejarse por el sendero de piedra.

Aurora permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después se limpió lentamente el polvo del vestido.

Le dolían las manos.

También la muñeca.

Pero lo que más pesaba era la certeza de que su propia hermana jamás la vería como familia.

La siguió con la mirada mientras Jessica desaparecía entre los arbustos cuidadosamente podados.

No lloró.

Ni una sola lágrima.

Había hecho una promesa.

Y pensaba cumplirla.

Jessica caminaba con paso acelerado hacia la residencia.

Necesitaba recuperar la compostura antes de encontrarse con Jacob.

Respiró profundamente varias veces.

Se acomodó el cabello.

Alisó las arrugas invisibles de su vestido.

Y volvió a colocarse la máscara de mujer dulce que llevaba perfeccionando durante años.

Cuando levantó la cabeza para continuar caminando, se quedó completamente inmóvil.

Jacob estaba de pie frente a ella.

Las manos descansaban dentro de los bolsillos del pantalón oscuro.

Su postura era relajada.

Pero su mirada no.

Aquellos ojos oscuros permanecían fijos sobre ella con una intensidad que resultaba difícil de soportar.

Jessica sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

Intentó sonreír.

—Jacob... no sabía que estabas...

Él no respondió.

Se limitó a observarla durante unos largos segundos.

El silencio comenzó a volverse insoportable.

Jessica tragó saliva.

—¿Ocurre algo?

Jacob dio un paso al frente.

Solo uno.

Fue suficiente para que la seguridad de Jessica comenzara a desmoronarse.

Su voz, profunda y controlada, rompió finalmente el silencio.

—¿Quién te ha dado autorización para golpear a la mujer que va a sacrificar su cuerpo por ti?

Jessica sintió que el color abandonaba su rostro.

Por primera vez en mucho tiempo, no encontró una respuesta inmediata.

Era evidente que Jacob lo había visto todo.

Y, por la dureza de su expresión, también era evidente que estaba profundamente enfurecido.

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