La Prisión de Plata y el Fuego de la Venganza
El frío de la celda me calaba hasta los huesos, un tormento físico constante que se sumaba a la angustia de mi alma. Pero no era el único suplicio que me consumía. Incluso en la oscuridad más densa, sentía una presencia que me revolvía las entrañas. Amaya estaba cerca. Su esencia, densa y cargada de una arrogancia tóxica y un desprecio helado, se sentía como un veneno que inundaba el aire, asfixiándome. Podía casi saborear su presencia, amarga y rep