El bosque parecía interminable, un laberinto oscuro y opresivo que se extendía en todas direcciones. Las ramas desnudas, retorcidas por el tiempo y el viento, se curvaban como garras esqueléticas en la penumbra creciente, sus sombras danzando y retorciéndose sobre el suelo cubierto de hojas secas y musgo húmedo. Cada sombra, cada eco del viento entre los árboles, era un recordatorio fantasmal de lo que había dejado atrás: su reina, su reino, su orgullo herido y su trono usurpado. Llevábamos cor