La melancolía se aferró a Cael como una sombra, tejiendo un manto de tristeza que se arrastró con él por los corredores de su fortaleza. El frío metal de las paredes ya no era un recordatorio de su poder, sino un eco de su soledad. Cada grieta en la piedra era una cicatriz, un recuerdo de lo que había perdido: su manada, su reino, y lo más doloroso de todo, a Ava. La mujer que amaba, la luna de su noche más oscura, ahora era solo un recuerdo que ardía con una intensidad agridulce.
Habían pasado