El norte lo llamaba, no con el grito de la batalla que se avecinaba, sino con el susurro antiguo de la tierra que había sido su hogar, el eco de un amor que el tiempo y la distancia no habían logrado apagar. Cael se movía como una sombra entre los árboles, su esencia contenida, sus pasos ligeros sobre la alfombra de hojas secas. Cada fibra de su ser estaba tensa, no por el miedo, sino por la cautela. No podía permitirse dejar rastro, no ahora que la esperanza de su reencuentro ardía con una int